Una noche la Luna estiró más allá del límite de lo posible sus brazos de luz plateada y alcanzó una estrella. Entre sus dedos fríos la acogió, observando la diferencia entre su forma de brillar.
Una noche la Luna se dio cuenta que, aunque rodeada de estrellas estaba, ninguna le prestaba atención. Brillaban con luz propia, sin necesitarla, sin admirarla. Sin amarla.
Una noche, la Luna tomó miles de estrellas entre sus dedos y las arrojó del firmamento hacia el Mundo, desterrándolas del cielo. Las estrellas colisionaron en el Mundo, encontrando objetos sin almas en los cuales habitar.
Una noche la Luna se dio cuenta que, aunque rodeada de estrellas estaba, ninguna le prestaba atención. Brillaban con luz propia, sin necesitarla, sin admirarla. Sin amarla.
Una noche, la Luna tomó miles de estrellas entre sus dedos y las arrojó del firmamento hacia el Mundo, desterrándolas del cielo. Las estrellas colisionaron en el Mundo, encontrando objetos sin almas en los cuales habitar.
Una noche la Luna observó su creación. Las estrellas llenaron objetos con sus almas, y los objetos mutaron y la admiraron.
Una noche, la Luna fue aclamada por una canción que no era capaz de comprender, pero que llenó su corazón, por fin, de infinita bondad. Y las estrellas, con sus nuevos cuerpos, se dejaron guiar por ella.
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